A mi pago con amor
Un viaje al Azul de los tiempos de Rosas para evocar a la tatarabuela - casada con un afro que servía en el Cuartel desde la fundación -, desemboca en el rescate de un prócer vedado: el Capitán Rufino Solano. Don Juárez lleva medio siglo sabiendo que Solano murió pobre y olvidado: se lo contó Lorenzo, hijo del Capitán, allá por los 70’ y en pleno aire de Radio Azul. Desde entonces se pregunta cómo este pueblo transcurre sin tener siquiera un monumento para evocar sus pioneros.
Por: Julio Enrique Juárez*
Me gusta volver la vista atrás y adentrarme en aquel viejo Azul, el de los tiempos de Rosas, mentor del Fuerte de San Serapio Mártir, cuyo cuartel se levantara justamente donde hoy está la Municipalidad. Y mis sentimientos se gestan en una negrita hija de esclavos que, como tantas otras, se sumaban a los ejércitos en pos de su ansiada libertad.
El caso es que quien me ocupa no es ni más ni menos que mi tatarabuela, María Lozano, la que junto a su hermana Eugenia integraban la dotación del Cuartel como cocineras, lavanderas, costureras o curanderas, a quienes se les otorgó un predio a pocas cuadras del mismo: Belgrano entre Alvear y Maipú, que fue cobijo de su familia y del cual todavía hay una fracción en manos de su descendencia.
De María nació Teresa, la madre de mi abuela paterna María Julia, una niñita de padre desconocido, según la Fe del Bautismo en la Parroquia de Azul (F° 33 T°8) un 1° de julio de 1864. De acuerdo a este documento, en este acto «El Negro» Gabino Ramos, marido de Teresa, le pide al Padre Martini que la inscriba con su apellido. Gabino era un soldado del Fuerte, quien había llegado a estas tierras con Pedro Rosas y Belgrano.

«El Negro» y Teresa tuvieron una numerosa prole, aquí, en medio del bravío fragor de la frontera y el permanente acoso de los malones. Y en este ambiente de luchas y temores nació y creció otro personaje que me pareció justo recordar: el Capitán Rufino Solano, hijo del teniente Dionisio Solano, que en aquel diciembre de 1832 viniera custodiando las familias que encabezadas por Pedro Burgos tenían como objetivo fundar este pueblo.
Siento que su historia es muy poco difundida. Desconozco que su nombre esté en alguna calle, plaza o monumento, y a no ser por el libro “Recordando el pasado” de Antonio G. del Valle, poco o nada se sabe de él. Yo lo descubrí allá por los años 1970 cuando en mi programa de Radio Azul tuve ocasión de reportear a su hijo Lorenzo, oficial de justicia ya retirado, que vivía en el Hotel Torino sobre San Martín y Cáneva, frente a la estación de tren.
En un emotivo encuentro me contó que su padre, más que por soldado, se destacaba como baqueano y lenguaraz, es decir, traductor de la lengua de los pueblos originarios. Que por tales virtudes Rufino fue el encargado de lograr la libertad de cautivas y cautivos que las huestes de Kallfükura llevaban a sus tolderías, a unos 400 kilómetros del Azul. Heroicos servicios por los cuales recibió algunos reconocimientos, que no alcanzaron para asegurarle una vejez digna.

Según Lorenzo, su padre, murió enfermo y en la mayor pobreza, un 20 de julio de 1913.
Sus restos descansan en un nicho que donó la Municipalidad de Azul, en aquél rincón poco visitado de la parte más antigua de nuestro cementerio.
“Nadie puede amar lo que no conoce”, expresa un viejo axioma. Nosotros no tenemos como otras ciudades un monumento, ni siquiera un monolito, que recuerde el lugar donde nació nuestro pueblo y evoque a sus pioneros.
Para reparar el olvido sería bueno que cuando surja un nuevo barrio, alguna calle pueda llevar el nombre de Rufino Solano; el “diplomático de la pampa”, quien arriesgando su vida cruzaba «el desierto» al encuentro de los caciques más bravos, para negociar a los cautivos llevados por los malones como ¨moneda de cambio¨.
Honor y gloria para estos valientes, en nombre de mi sangre sufrida y sudorosa, que en un escenario de luchas y zozobras abrieron surcos a patria y sembraron hijos como nosotros, orgullosos de nuestros antepasados.

