Reparto de lo sensible en una ciudad en tensión
Antes del Quijote y el Martín Fierro, el legado de Ronco tensionó una frontera entre dos azules que coexistían desde el origen: la cultura occidental como horizonte de sentido, contrapuesta a la concepción gauchesca de la cultura como trinchera frente al despojo. Lo aborigen y lo gauchesco, subordinados a la elite cultural del criollo y su matriz colonial, configuran una vena abierta que interpela aún en el presente, y organiza la sensibilidad de la ciudad. Azul está – de acuerdo a Bongiorno -, ante la chance de revisar su pacto simbólico. De ello depende un futuro donde los azuleños no debatan “qué parte de ‘la Historia’ tiene derecho a volverse común”, sino cómo reescriben la memoria colonial a partir de los relatos de los vencidos.
Por: Julieta Bongiorno*
Al analizar la política contemporánea local es preciso citar a Jacques Ranciere, un destacado y reconocido filósofo quien supo difuminar los límites entre filosofía, política y estética. En su libro El Desacuerdo (1996) sostiene que “La política es el reparto de lo sensible: determina lo que se ve, lo que se puede decir de ello, lo que se puede hacer con ello”. Esta cita permite hacer una lectura de la cultura no como adornamiento, sino como un dispositivo constituyente de la vida pública.
Desde esta perspectiva, la dinámica cultural de Azul revela tensiones que exceden lo institucional. La escena artística, los relatos históricos locales, y la trama comunitaria funcionan como territorios donde se hace visible -o se oculta- aquello que conforma el mundo común.

En un intento de territorializar la cuestión emerge como figura pujante el Dr. Bartolomé J. Ronco y su esposa, María de las Nieves Clara Giménez. Un matrimonio radicado en el Partido de Azul a principios del Siglo XX, quien su esposa tras el fallecimiento de su marido, regala a la comunidad su valioso legado. El mismo, está integrado por la ‘Casa Ronco’ ubicada en la gran esquina de San Martín y Rivadavia, una biblioteca museo que alberga la colección de libros de Cervantes más grande fuera de España. Gracias a dicha pasión de Ronco y a un grupo de vecinos que impulsaron su desarrollo, Azul es nombrada como única ciudad cervantina de la Argentina en el año 2007. Al mismo tiempo, en la casa museo se atesora una de las colecciones del Martín Fierro más grandes de Latinoamérica.
De esta manera, Ronco traduce el ideal cervantino al territorio concreto gauchesco, y promueve, en el año 1930, el nombre «Martín Fierro» a la estación ferroviaria que conecta Azul con Chillar. Ronco se vuelve así, el punto de cruce entre una concepción cervantina de la cultura como horizonte de sentido, y una concepción gauchesca de la cultura como trinchera frente al despojo. Para afirmar aún más su figura articuladora, suma a su legado el Museo Etnográfico y Archivo Histórico «Enrique Squirru», un edificio que compró en la esquina de San Martín y Alvear con el fin de conservar toda su colección de platería mapuche y gauchesca.
El Partido de Azul también cuenta con una Biblioteca Popular que lleva actualmente el nombre de este gran filántropo, quien fuera su director durante 22 años. Allí se atesora actualmente la colección de la «Revista Biblos», que en 1924 estuvo conducida por Ronco, y que contó con una sección especial denominada «Archivo de Azul», donde se reprodujeron fielmente los más antiguos documentos municipales desde la época fundacional.
El Dr. Ronco, además, regaló a los azuleños y al país «Azul: Revista de Ciencias y Letras», donde se resguarda la reproducción facsimilar íntegra del ejemplar del Martin Fierro que perteneciera al abogado y diplomático Estanislao S. Zeballos, con correcciones de puño y letra del José Hernández. A su vez, en dicha revista se publicó por primera vez en el país una traducción parcial del Martín Fierro al francés escrita por el azuleño Adolfo Vilatte.
En este sentido, el legado de la familia Ronco surge para articular la problemática central: la relación nunca resuelta entre los pueblos originarios y la matriz colonial que dio forma a la ciudad. De este modo, Ronco aparece como un personaje convertido en bisagra donde convergen dos racionalidades políticas que todavía no han encontrado síntesis. Y a su vez, encarna un punto donde la historia comprime tensiones sin resolver.

Siguiendo la línea de Jacques Ranciere, Ronco se presenta como un operador del desacuerdo. Pero este desacuerdo no es por un conflicto entre intereses, sino entre concepciones de mundo. Es decir, aquello que es visible para determinado grupo de personas, puede no serlo para otro conglomerado de gente. Esta idea resulta muy pertinente para pensar un Azul en términos culturales y políticos: dos mundos que coexisten, se bifurcan y que al mismo tiempo disputan la legitimidad de sus memorias. Esa disputa persiste y se reescribe en el presente. Se manifiesta en instituciones culturales que buscan transmitir una memoria oficial, en colectivos que reponen relatos omitidos, y en festividades que celebran ciertas identidades y silencian otras.
En este contexto, Ranciere, en «El Reparto de lo sensible» (2000), expresa que “toda comunidad se define por un régimen de percepción sensible que fija fronteras entre lo que es común y lo que no lo es” (p. 12). Desde este punto de vista, Azul no sólo debate su historia, sino que también debate qué parte de esa historia tiene derecho a volverse común. La cultura local actúa así como un sismógrafo, registrando las fisuras profundas del territorio. Lo que “estalla” no es una novedad, sino un conflicto persistente que encuentra nuevas formas de expresión: tensiones identitarias, disputas por el sentido del patrimonio, demandas de reconocimiento, transformaciones en la participación comunitaria.

Azul está en un momento donde múltiples voces pugnan por reconfigurar ese reparto de lo sensible y, por ende, la escena de lo político. Reconocer este conflicto no implica leer la ciudad desde la amenaza, sino desde la posibilidad. Un “estallido” puede entenderse, siguiendo a Ranciere, como el momento en que quienes estaban excluidos del campo de la palabra irrumpen para volver visible sus propias experiencias: “La política comienza cuando los que no tienen parte se cuentan como parte” (Ranciere, 1996, p. 15). En Azul, este gesto está en marcha.
La cultura —en el sentido más profundo del término— no es un ámbito secundario: es el terreno donde se redefine la comunidad. El desafío político local consiste en comprender que la disputa estética es también una disputa sobre el futuro; que la memoria colonial no es un vestigio, sino una tensión activa; que Ronco no es una anécdota, sino un punto de fractura que sigue organizando la sensibilidad de la ciudad.
Azul está, efectivamente, “hasta el estallido”, pero ese estallido es potencia: la oportunidad de revisar el pacto simbólico de la ciudad y ampliarlo hacia formas más inclusivas de habitar.
Allí se juega, hoy, lo político.
* (Docente e Investigadora de Arte)
Bibliografía básica citada:
– Rancière, J. (1996). El desacuerdo: Política y filosofía. Buenos Aires: Nueva Visión.
– Rancière, J. (2000). El reparto de lo sensible: Estética y política. Santiago de Chile: LOM.

