Etchecolatz: el genocida que supimos exportar e importar

Por: Nahuel Mirande 

Paradójicamente, la muerte tocó la puerta de quien supo portar la túnica negra. El exterminador azuleño Miguél Osvaldo Etchecolatz se fue sin hablar, negando los crímenes que lo arrojaron a cumplir casi una decena de cadenas perpetuas, y afirmando que volvería a matar por las leyes de Dios.

Mariana Dopazo, ex hija del Chacal Etchecolatz, se preguntaba a sí misma:

«¿Cómo puede ser que alguien, que creció en la ruralidad de una ciudad tranquila del interior bonaerense, pueda llegar convertirse en esa monstruosidad humana?»

Intuyo que la perplejidad de Mariana nos compete, o al menos, debería interpelarnos.

La historia de este criminal es ampliamente conocida. Se sabe, que Etchecolatz habita el selecto grupo de los fétidos rostros que encarnan lo más repugnante del Terrorismo de Estado en Argentina. Coordinó una veintena de centros de exterminio clandestino, fue uno de los responsables centrales del secuestro, tortura, desaparición, y muerte de estudiantes en la llamada “Noche de los Lápices», se fue a la tumba sin decir que pasó con Clara Anahí Mariani y Jorge Julio López, entre otras innumerables atrocidades que lo equiparan a escala con criminales del nazismo.

¿Cómo responderle a Mariana? ¿Cómo se engendró a una bestia así?  Desde ya, no creo poder llevar certezas, sin embargo, podemos acercarnos a pensar en un: ¿Por qué no?

 

La exportación

Etchecolatz nació un 1° de mayo de 1929 en el paraje Nievas de la ciudad de Azul, se desarrolló en el seno de una familia religiosa, y atravesó sus primeros años de vida durante gobiernos golpistas y conservadores. Vivió el ascenso de facto de un fascista perteneciente a grupos paramilitares como lo fue el intendente Carús, palpó la ortodoxia de una ciudad fuertemente secular y militarizada. Siendo adolescente su formación religiosa se acentuó al internarse en un colegio católico, y a su egreso volvió a introducirse en una institución coercitiva como lo es la policía.

Posiblemente algunos azuleños tengamos conjeturas –discutibles– sobre la matriz histórica de nuestra ciudad. Fundada como límite de “frontera”, militarizada, cuyos primeros años de vida fueron claves para erigir un escenario político en términos castrenses, similar al de un campo de batalla. Una sociedad fundada bajo la pedagogía del exterminio de un “otro”, de una alteridad irreducible, y una visión política de egolatría absoluta.

Durante la primera mitad del siglo XX, el carácter político y social azuleño terminaría de configurarse con la instalación del regimiento y sus pelotones, celosos guardianes de una historia nefasta, inflándose el pecho a la hora de reivindicar sus actuaciones en las masacres patagónicas, primero contra las tribus originarias y más adelante contra los obreros anarquistas. Todo esto bajo el manto espiritual eclesiástico, victorioso en su batalla cultural contra el progresismo a principios del siglo XX.

Precedido en su título genocida por Agustín “Curro” Carús, (azuleño que bombardeó de plaza de mayo, hijo del intendente Juan Carús), podemos afirmar que Etchecolatz fue un retoño prodigio de la idiosincrasia azuleña. Me permito pensar que esta inmundicia humana reprodujo hasta su muerte la esencia de su origen. La subjetivación simbólica e imaginaria sobre Etchecolatz conteniente cierta rigurosidad, “el revolver” y “la cruz”.

Estos objetos forman parte central del totalitarismo criminal del genocida, el “Yo” de Etchecolatz es un todo, totaliza sus ideas y prioridades, péndula entre su accionar de muerte –revolver-, y su reafirmación ideológica -la cruz-. Descripto con mayores precisiones por Mariana Dopazo, “siempre fue un narcisista, una persona sin bondad, impenetrable”, “corporizó lo más terrible en todo momento, sin importarle jamás el otro y convirtiéndose en el símbolo más cruento del aparato represivo”.

 

 

La importación

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Más allá de la busqueda de los motivos del engendramiento de la porquería humana, resulta sumamente necesario detenerse en otro punto, la vuelta incesante a la cuna.

Las ciudades ostentan personajes de terror histórico, legendarizado en la tradición oral o escrita. Mateo Banks es una de esas figuras, un criminal múltiple pero ordinario, encarna el canon del terror y el rechazo social, lo desagradable. Banks es una fija en el escaso contenido de historia local que aprendemos en la escuela. Conocemos en detalle su cronología de vida, anécdotas poco trascendentales e insignificanticas, también sabemos que al recobrar su libertad no logró mayor estadía que el de algunas horas en Azul. Fue expulsado, desterrado.

Entonces, ¿Qué hay de un criminal de lesa humanidad? ¿Qué hay del selecto grupo de los rostros del terror genocida?

Las bondades de la miseria política y judicial argentina le otorgaron la amnistía a Etchecolatz en 1987, poco después de haber estado activo desde la cárcel fomentando el levantamiento cara pintada de aquel año.  A partir de ese momento el represor comenzó a trabajar en la Bunge & Born, -cualquier comparación con Eichmann en Mercedes Benz es pura coincidencia-, y retomó contacto con su familia azuleña.

Durante el menemismo los genocidas regresaron a la escena pública, con participaciones televisivas estelares, en un fenomenal intento de reconciliación social con los milicos por parte de la política tradicional, los medios hegemónicos, y desde ya, los grupos económicos. El ex comisario de Camps tuvo, en 1997, una cínica participación en el programa Hora Clave, conducido por el lame botas Mariano Grondona. En esa ocasión Etchecolatz gozó de un perverso armado televisivo que lo puso nuevamente frente a frente ante una de sus víctimas, el docente y militante Alfredo Bravo, quien había sido torturado en un centro clandestino por el ex comisario. En estas violentas actuaciones mediáticas la figura de los genocidas cobró mayor vigencia para una camada juvenil que emergía con enérgicos reclamos de Memoria, Verdad y Justicia.

A finales de la década del 90′, Etchecolatz se paseaba de presentación en presentación con un libro de su autoría, la biblia de los grupos neo-nazis en Argentina: “La Otra Campana del Nunca Más”. El nazismo nacional adoptó a este elemento del Terrorismo de Estado como un símbolo de sus intereses. “Los Custodios”, eran un grupo de la ultraderecha católica, y oficiaban como fuerza de choque del genocida. Los documentos de archivo periodístico nos permiten verlos en acción atacando a militantes de izquierda que se encontraban manifestando en un tribunal en el que se hallaba Etchecolatz “declarando”, o más bien guardando silencio.

Entre 1998 y 1999, los escraches liderados por la agrupación H.I.J.O.S se acrecentaron masivamente. Lograron instalar un método de persecución y lucha frente a la injusticia y la impunidad. En 1998 mil personas marcharon hasta la casa de Etchecolatz, y fueron fuertemente reprimidos por las fuerzas de seguridad. En enero de 1999, dos jóvenes estudiantes reconocieron el rostro del horroroso ex oficial paseando su perro en una plaza, al increparlo al grito de asesino, el deslucido anciano sacó de la bolsa de mandados un 38. plateado y les apuntó, mientras les soltaba el amaestrado pastor alemán. Luego de estos incidentes, y ante la persecución mediática, Etchecolatz decidió regresar a refugiarse a su ciudad natal, buscando la protección de la “honrada tierra en que nació”.

Desde este punto, y en el intento de ir tras los pasos de un genocida, nos adentramos en un vaivén de inexactitudes históricas. Revista Anfibia asegura que luego de estos sucesos escandalosos la ciudad de Azul lo acogió hasta su posterior instalación en Mar del Plata. Esta afirmación es descartada por los activistas locales consultados, quienes lo proponen como un visitador asiduo, pero no como residente. La segunda versión se sostiene por peso propio, pero a su vez, es introductoria a uno o varios episodios ocurridos en Azul, donde testigos confirman su presencia durante 1995, 1999, y 2001.

Efectivamente en enero de 1999 Etchecolatz se instala en Azul, más precisamente en la casa de su hermana “Chicha”, cuyo domicilio se encontraba en las calles Puan y Moreno. La indeseada presencia es advertida por el periodista Martin Gastañaga, quien lo reconoció paseando junto a su perro en el Parque Municipal. Gastañaga intentó seguirlo para reafirmar que se tratase del genocida, y una vez que pudo salir de la perplejidad se dirigió a buscar su cámara, al regresar Etchecolatz ya no estaba, se había esfumado. Otros testigos recrearon un episodio similar al que tuvo lugar días antes por los jóvenes estudiantes, nuevamente el recurso canino fue la respuesta violenta del criminal ante el desagrado social a su persona.

La noticia de que Etchecolatz se encontraba nuevamente en Azul consternó a los sectores sociales y políticos que repudiaban la figura del represor. La labor del periodismo militante se puso al frente de la cobertura del caso, para ese entonces ya se había reconocido el escondite del Chacal y se montaban guardias permanentes en la puerta. Fueron días de encierro y persianas bajas, de constante acoso y persecución para un símbolo del horror. Gustavo Mandagarán era uno de los trabajadores de prensa que se encontrabas apostados con cámara y micrófono bajo el calor del sol de enero, él mismo recuerda también al siempre presente Nano Wihem, que realizaba largas vigilias para poder dar con el represor.

Pero las guardias periodísticas no alcanzaban, y fue necesario el escrache. Bucha Seminara, histórico militante del troskismo azuleño, recuerda haber movilizado hasta la casa del genocida: “Fuimos unos cuantos, había dejado la persiana baja y fue una tentación, se la llenamos de piedrazos”, recuerda, y añade que “ante la llegada de la bonaerense tuvimos que salir corriendo, aunque la policía no hizo gran defensa del viejo, querían despegarse”. Nuevamente los relatos retoman la figura del intrépido Nano siempre con la última piedra.

Por su parte, Oscar M, quien por ese entonces tenía un contacto casual con Chicha Etchecolatz, recuerda el llanto y el malestar por la situación que le tocaba atravesar a su hermano y por defecto a ella. Manifestaba el hartazgo para con la prensa, en más de una ocasión fue la misma Chicha quien agresivamente salió a increpar a las personas que se encontraban en las afueras de su domicilio. ¿Habrá pensado esa mujer -mientras amasaba los tallarines que pedía Etchecolatz-, que tenía un torturador, asesino, y violador sentado en su mesa?

Al día siguiente a la pedreada se supo que Etchecolatz escapó. Desde el 87′ hasta casi entrado el nuevo milenio se había complacido de los privilegios de la impunidad y el amparo social. Pero ahora su “honrada tierra” ya no le era refugio, porque en Azul había unos “locos”, que no tenían miedo de plantarse ante los símbolos del horror, que se atrevían a mirar la historia y enfrentarla, a tirarle piedras a lo que supo ser un todo poderoso señor muerte.

Que acá o allá a los nazis se los perseguía, porque en la memoria de algunos está el germen de muchos, porque del dolor nace el grito contra la impunidad, de lucha por la justicia. Habituados a un vecindario villanesco, más que nunca corresponde rescatar del olvido a quienes en ocasiones desempolvan los disfraces del heroísmo popular en el lodo de los aborrecidos.

Mariana Dopazo anhelaba la muerte de su ex padre. No estás sola, Mariana; los “locos de Azul”, también.

 

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